CRISTO DE SANTA AnA

ERMITA DEL CRISTO DE SANTA ANA
ESCULTURA
En la época barroca, la imaginaria adquirió
gran desarrollo. Aparecieron estatuas situadas en hornacinas, bien en el muro o
en el retablo, incorporando a la ceremonia la imagen y la casi viva presencia de
los santos a los cuales evocaban.
Los rústicos artesanos incurrían en una
policromía intensa y abigarrada, de ahí que sus estatuas ofreciesen colores
chillones y revestidas de toques violentos.
Con frecuencia, las personas que hacían
algún encargo a un artistas, indicaban en un contrato las estatuas que debían
figurar, por ejemplo en un retablo, precisando la expresión que se les había
de dar.
En el siglo XVII surgió la imagen procesional.
Se realizaba con el fin de ser vista por los fieles, sobre todo el paso
procesional, para después ser contemplada en su altar. También se dieron las
figuras de vestir, especie de armazón de palos que sostenía cabeza, pies y
manos, unidas partes talladas, mientras que el cuerpo se sustituía con auténticos
vestidos. Ejemplos de este tipo de figuras, utilizadas igualmente como paso
procesional, son la Verónica, la Virgen del Rosario y la Soledad, de
Villafranca.
Don Lucio Hidalgo Lucero refiriéndose a
esta Ermita, dijo: “Esta pequeña Iglesia conservo siempre gran numero de imágenes
ya que en ella se guardaban los pasos e imágenes de Semana Santa”.
Las escenas pintadas y las estatuas componían
un gran aparato escenografico conocido con el nombre de retablo. La ermita del
Cristo guarda en el Presbiterio, como si de un tesoro se tratase, una prueba de
lo que fue el retablo barroco.
Este retablo fue concebido a manera de
arquitectura, formado por dos cuerpo y tres calles.
El primer cuerpo esta dividido por
elegantes columnas salomónicas, decoradas con racimos y pámpanos, y con
capitel compuesto, adquiriendo un aire imponente de arco triunfal. El cuerpo
superior es como un ancho frontón curvo, cuya decoración lateral, de palmas en
espiral, recuerda las grandes volutas que remataban las iglesias barrocas
italianas. Esta distribución nos acercaría a los retablos de las iglesias
flamencas. Todo él se foro con pan de oro. Acabada la guerra civil en 1939,
este retablo se reconstruyo en mampostería y madera.
Al
volver nuestra mirada al cuerpo inferior, centramos toda nuestra atención en la
imagen de Santísimo Cristo de Santa Ana cobijado en una hornacina en la calle
central. Sucedía, a veces, que alrededor de una estatua, objeto de una devoción
especial – el Cristo es el patrón de Villafranca de los Caballeros-, el
retablo se desplegaba como un inmenso cuadro o vasto relicario. La imagen de
nuestro Cristo, en voz de la tradición, apareció sepultada en la antigua
Ermita de Santa Ana. De ella, lo único original que se conserva es el pie
derecho y la cabeza – salvada gracias a la acción de Rito Naranjo Pastrano y
guardada durante la guerra civil por su hermana Juana-, pues el resto del cuerpo
pereció en esa guerra. Un taller de imagineros de Valencia reconstruyo, en
1939, la talla del Cristo de Santa Ana, basándose en una fotografía de
comienzos de siglo que reproducía la primitiva figura, en madera de gran
calidad y sin enagüilla. Es un cuerpo proporcionado y bello. Por el realismo y
dramatismo de su cabeza podría fecharse dentro de la imagineria barroca del
siglo XVII. Su indumentaria se compone de una rica engullía o tonelete. Esto
nos acerca a una leyenda- conocida por todos los villafranqueros- en la que
narra como un Cristo, de semejante atuendo, se apareció en un navío a Don
Alfonso Díaz de la Beldad y
Cervantes, en medio de una terrible tempestad. A finales de mayo de 1991, en
Socuellamos fue restaurada la cabeza de esta imagen.
A ambos lados de hornacina del
Cristo- en forma de cruz- se fingen otras dos semicirculares. En cada una de
ellas se han colocado imágenes de Santos, hasta 1936 San Cristóbal y San José
y actualmente, Maria Magdalena y San Juan.
Si ascendemos al segundo cuerpo de dicho
retablo, vemos como esta sujeto por una especie de cornisa, con canecillos
ricamente ornados, que sirve de linea divisoria de ambos cuerpos. Palmas,
guirnaldas y flores ambientan la parte central, ocupada en otro tiempo por una
imagen de la Virgen con dos niños en sus brazos- Jesús y Juan-, dentro de un
nicho casi cuadrado, reemplazándose después por un lienzo con Santa Ana y la
Virgen Niña.
A menudo, un cuadro llenaba el centro de
los retablos y en torno a él se ordenaba la composición. Era como la escena
principal a la que todos los demás elementos complementaban.
El lienzo que hoy preside el retablo de la Ermita
del Cristo de Santa Ana, data de 1939, fecha en que fue regalado con ocasión de
la restauración de la pintura de esta ermita. Ahora, desde su lugar, contempla
la escena de pasión que se desarrolla a sus pies. El tema de Santa Ana,
iniciando a la Virgen en las Sagradas Escrituras, ha sido poco tratado, sin
embargo, aquí lo vemos recordándonos la dulzura de las escenas familiares que
Murillo pintara sobre la Sagrada Familia. Son figuras llenas de sosiego y
tranquilidad, en un ambiente apacible y santo. Los dos personajes llenas el
cuadro en su totalidad. La imagen de Santa Ana se solía sumar a la de la Virgen
o Jesucristo. De ahí que esta iconografía quiera significar un rendido
homenaje a su familia, cuya genealogía se hace constar en el nombre de nuestro
patrón, el Cristo de Santa Ana.
Hace aproximadamente 40 años que se
restauro este cuadro.
Durante la guerra civil, además de partes
arrebatadas al Retablo Mayor, perecieron tres altares laterales, 22 imágenes de
talla y dos carrozas. En 1939 se pusieron dos altares laterales nuevos por un
importe de 9.750 Ptas.( incluida restauración de Retablo Mayor), y se compraron
6 imágenes cartón-piedra por 13.500 Ptas.