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DON JUAN CALDERON
AUTOBIOGRAFÍA
(Parte I)
En
el periódico de Madrid titulado “La Esperanza” en el numero
1762, correspondiente al 2 de Julio de 1850, se lee l siguiente:
“Nuestros lectores recordaran que al hablar hace
pocos días de propaganda protestante que se intentaba hacer en España,
según las noticias dadas por la “La Paz”, cuyo articulo
transcribimos recomendándole su lectura al Gobierno, mencionamos a
un tal Calderón que aparecía como director del “Catolicismo
Neto” y dudamos de que efectivamente existiese un español tan
indigno de serlo. Pero esta duda, por desgracia, queda desvanecida
por las noticias biográficas que posteriormente se nos han
comunicado y son las que damos a continuación:
Don Juan Calderón se llama el apostata de que
hablamos: es natural de Alcázar de San Juan, en la Mancha, e hijo
de honrados, aunque pobres, labradores. Debe de tener actualmente
unos 59 años. Antes de la invasión francesa de 1808, era ya
religioso profeso observante de la provincia de Cartagena. Estudio
filosofía en Lorca y teología en el pueblo de su naturaleza, habiéndose
distinguido siempre entre sus colegas por su talento y natural
despejo; era, en fin, lo que en aquellos tiempos se llamaba un gran
sofista, porque tenia singular ingenio para la argumentación.
Con el trastorno causado por la guerra de los
franceses, el hombre que nos ocupa tuvo que abandonar el convento,
quitarse los hábitos azules y salir a defender su patria; pero no
teniendo carácter militar, y estando además revestido con otro
sagrado, no quiso exponer su pecho a las balas,
paso los azares de la guerra de escribiente en la mayoría.
Con ese destino residió algún tiempo en Valencia, donde no sabemos
porque casualidad tuvo a su disposición una de aquellas bibliotecas
que algunos españoles “iluminados en el liberalismo” poseían
entonces, de contrabando, en mas estimación que todos los tesoros
del mundo. En ella figuraban las obras de los incrédulos filósofos
del siglo XVIII, revueltas con las mas perniciosas a la religión
católica que habían escrito las plumas protestantes en el
anterior. Con tan saludable doctrina, nada de extraño tiene que
Calderón, tan aficionado a las controversias religiosas, empezase a
pervertirse; pero no fue tal su prevaricación que dejase todavía
de entrar en su antigua celda, después de la guerra concluida.
Tomo, pues, nuevamente sus hábitos en el mismo
convento, donde los había dejado, y ocultando diestramente la ponzoña
que existía en sus
creencias, logro ser normado a poco lector de filosofía. Pero
aquella ponzoña no podía estar por largo tiempo oculta, y Fr. Juan
principio a llamar bien pronto la atención de sus superiores por
los comentarios filosóficos que añadía a sus lecciones. Inútiles
fueron todos los consejos, inútiles
también todos lo cargos que se le hicieron; su mente estaba
ya engangrenada y evitar su apostasía era ya de todo punto
imposible. Solamente faltaba una coyuntura
favorable para que el apostata “in pectore” colgase sus
habitos y renegase de su religión, y esta coyuntura no tardo en
presentarse.
Sabido es que proclamada la Constitución en 1820, los
religiosos quedaron en plena libertad para vivir dentro y fuera del
claustro: Calderón, que era libera, quiso desde luego vivir fuera,
porque necesitaba libertad para propagar sus creencias y doctrinas.
Salio, pues, de su clausura y principio su ridícula propaganda, que
hubo de abandonar, visto su mal éxito, para entregarse a los
placeres de la libertad civil de aquella época de tanto desenfreno.
En este estado se hallaba cuando la Constitución fue abolida en
1823, y en su consecuencia tuvo que emigrar por no exponerse a que
se le tomasen cuentas de su anterior conducta política y religiosa.
Dirigiose a Francia y estableciese Burdeos, donde dicen que el antiguo religioso tuvo ocasión
de enamorarse, y olvidando con sus amores sus votos solemnemente
pronunciados, se casó. Desde esta época no sabemos sus
entretenimientos cuales hayan sido: sol si podremos decir que se le
ha visto en Inglaterra entremetido con las sociedades bíblicas
protestantes y que en 1840 estuvo en Madrid con animo, a lo que
parece, de doctrinas. Entre ellas se contaba, si no estamos engañados,
la “Historia de los delitos y asesinatos de los papas y de los
reyes”, que empezó a publicarse en tiempo de la Regencia de
Espartero y fue prohibida por orden del regente mismo a instancia de
Don Antonio Reselló. Con los acontecimientos políticos de 1843, el
señor Calderón no pudo permanecer por mas tiempo en la capital de
España y se marcho, sin que hasta ahora se hubiese vuelto a saber
de su paradero.
Al concluir estas noticias biográficas del Señor
Calderón, nos parece ya inútil advertir a nuestros lectores que
estén prevenidos contra las
producciones, cualesquiera que sean, de este mísero español,
porque basta saber lo que queda expuesto para desconfiar enteramente
de ellas.
Esto dize “La
Esperanza”:
(Parte II)
Sobre la biografía que antezede, observó el mismo Don
Juan Calderón, en carta suya a un amigo, fecha del 6 de Enero de
1851, lo siguiente:
“Vi también en el periódico que vd envió mi
biografía, que hasta donde alcanza
es mui exacta, excepto en dos o tres cosas de poca
importancia. Mi señor padre no era labrador, sino medico titular de
la villa de Alcázar de San Juan, en donde residió
mas de treinta años, por cuya razón generalmente se creyó
que yo era natural de esa villa, pues todo el mundo me ha conocido
alli desde niño, aunque yo nazí
en otro pueblecillo inmediato llamado Villafranca.-{Vivio sus
dos primeros años de su vida en Villafranca de los Caballeros, y
hasta los trece años en Yebenes}-. En las bibliotecas de Valenzia es verdad que encontré obras de filósofos, pero no obras de
protestantes. Es zierto que mis maestros y prelados sabían mi
incredulidad, pero no lo es que ya haya tenido jamás reconvención
ninguna por ello. Tampoco es zierto
que yo haya intentado publicar la “Historia de los delitos
de los papas”,etc. Por lo demás todo es exacto; hasta lo de
“sofista”, pues no conociendo al Dios del Evangelio, no
podía yo en realidad ser mas que un sofista. Me persuado que esas
notizias han sido dadas por alguno de mis condiscípulos en teolojia
al mismo convento, pues casi solo uno de ellos puede saber las
particularidades de haber estudiado filosofía en Lorca, teología
en Alcázar, haber sido de la provincia observante de Cartagena, de
mayoría, que yo añadía comentarios filosoficos a mis lecciones,
que yo tuviese injenio para la argumentación, porque eso me dezian
siempre mis condiscípulos, i no otros. Solo no puedo explicar la
zircunstazia de haber dicho que mi padre era labrador, pues ninguno
de mis condiscípulos ignoraba que era medico del mismo convento i
los mas eran visitados por él cuando tenían necesidad. Qiza eso lo
ha pensado el que redacto el articulo como las demás reflexiones
que sobre mi conducta haze.
Cuando yo estuve en Madrid hallé a uno de dichos
condiscípulos llamado Don Andrés Ahumada, que vivía
i dezia misa en la iglesita o capilla que hai en la Puerta
del Sol, i a quien yo visité. Me rezibio mui bien i tuve con el
muchas conversaciones sobre materias religiosas, pero sin fruto al
parecer, porque es uno de aquellos que dizen tener la fe del
carbonero. Eso no obstante, es hombre honradísimo i sinzero, i uno
de los tres o cuatro condiscípulos i otros de mi edad de quienes
recuerdo que querrían en las reglas
monásticas i en la santidad de los institutos religiosos. Me
dezia últimamente que el Papa solo debía ser reconocido como
fuente de toda autoridad espiritual, i también de todo poder
temporal; de modo que, cuando le pareziese que un rei no gobernaba
bien, había de poder quitarle el trono i darle a otra persona de su
gusto. I no haze esto injuria a su buen juicio, porque si el Papa es
el representante de Dios en la tierra, la opinión
de mi condiscípulo es
mui razional. Quizá viene
de él la biografía de “La Esperanza”. Tal vez querrá
usted hazerle una visita, si no en mi nombre, por lo que
pudiera comprometerle mi conocimiento , como quien sabiendo que él
ha estado en Alcazar de San Juan i puede conocerme desea
informarse de mi, con relación a lo que de mi ha leído en los
papeles públicos i del “Catolicismo Neto”, pues nadie debe
extrañar que eso interese a cualquier persona religiosa.
Del mismo modo, en el mismo sentido , i por
iguales motivos, quisiera yo que escribiera usted al cura-párroco
de Santa Quiteria de Alcázar de San Juan, parroquia en donde yo
estaba, pidiéndole informes sobre lo que sepa i haya oído sobre mi
moralidad únicamente.
Es claro que para hazer esta demanda no puede vd
alegarle derecho ninguno, sino hazerle presente que tratándose de
materias que interesan la religión, no extrañe que vd quiera
informarse de donde pueda. No sé
quien es cura ahora; pero del que sea, si quiere responder ,
se podrá saber lo que por allí dizen ahora. Advierto a vd que si
no le pareze hazer ni una ni otra de esas dos cosas, yo quedare
igualmente contento, pues saber el resultado e una i otra dilijenzia,
mas es asunto de curiosidad que de neazesidad, etc.”
Lo
que inmediatamente prezede, es copia litera, con otra ortografiá,
de un pedazo de carta de don Juan Calderón. Para aclarar su
contenido solo tengo que decir que, aunque no en los mismo términos
por él indicados ahí , se practicaron las dos dilijenzias que él
deseaba. Se le hablo a don Andres Ahumada, escribió a Alcázar de
San Juan; i aun recuerdo que lo que respondieron del ultimo punto se
le remitio original al mismo señor Calderón. Porque no pareze
conveniente, no se particularizan
mas los casos, pero si observaré que en nada perjudicaron al
buen nombre i reputación del interesado las dos respuestas que se
dieron. El señor Ahumada aseguro que a Calderón podían confiársele
negocios de interés ( si a uno que no era romanista era prudente
hacerlo), i que nada sabia contra su hombria de bien. La carta de
Alcazar era mui satisfactoria para Calderón.
En vista, pues, de esto, i de esas rectificaciones i
reparos del interesado a la “Biografía” que publico “La
Esperanza”, pueden los lectores formar su juicio casi por
completo. Mas, sin
embargo, aquellos que (poquísimos ciertamente) en todo país
pertenecen al caritativo “Jurado de la Equidad” i que a la
equidad no quieren jamás falta, i mucho menos tratándose de
hombres oscuros, pobres i de ningún valimiento publico, esos poquísimos,
digo, gustaran de oír en este negozio a la misma persona interesada
en él. Lean, pues, lo que escribió azerca de sí d. Juan Calderón.
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(Parte III)
Londres 18 de Junio
de 1849
Señor Benjamín
Wiffen.
Muy señor mío, cuando en
4 de Mayo del año próximo pasado puse en manos de vd, una
Nota sobre los acontecimientos de mi vida relativos a mi conversión
a la pura religión del evangelio, nota que en 1828 había yo
escrito para mr. Pyt, ministro del santo Evangelio, residente en
Bayota de Francia y empleado allí por Sociedad Continental,
establecida en Londres, y que de orden suya me fue devuelta al
tiempo de su muerte , me manifestó vd que encontraba dicha nota
diminuta en cuanto no fijaba algunas fechas, ni nombraba específicamente
algunos lugares. Encontró vd también que las notas que yo puse al
pie del escrito hubieran estado mejor incorporadas en el y que además
seria muy de desear el que añadiese, aunque no fuera sino
sumariamente, los sucesos ocurridos desde 1828 hasta el día de hoy
que pudieran referirse al mismo asunto. Para satisfacer, pues, los
deseos de vd copio a continuación la sobredicha nota en los términos
que vd desea. Dice así:
Si yo no tuviera tantas pruebas de que el Evangelio es
el poder de Dios, me bastaría considerar la facilidad con que me
presto a hacer a vc una revelación de mis miserias en orden a mis
ideas religiosas anteriores a época presente. Esta confesión que
en todo otro tiempo hubiera hallado sumamente difícil, cuyos
pormenores hubiera tenido para siempre ocultos el amor propio, esta
confesión de mis extravíos, se me representa sumamente fácil
cuando preveo por ella como resultado alguna edificación de mis
hermanos en Jesucristo y que puede redundar en gloria de nuestro común
y divino Salvador, cuya gracia tiene poder para retirar al
pecador de tan espantosos abismos. Vd sabe que Dios en su
misericordia me ha traído a su bien amado Hijo, sin lo cual ninguno
puede venir a El. Vd rable, pero ni conoce toda la profundidad del
letargo de que me ha despertado, ni ha considerado tal vez las
relaciones de unos hechos con otros ni el modo con que todos se
encadenan y proceden ordenados por la Providencia para concurrir al
mismo fin. Vea vd aquí el orden con que yo los conservo en la
memoria.
Nacido en el centro de España, en Villafranca de los
Caballeros, priorato de San Juan, provincia de la Mancha, en 19 de
Abril de 1791, de padres que profesan la religión de la iglesia
romana, me crié en ella y en ella fui instruido. Hasta
los once años no recibí mas instrucción que la que es común
a los niños de edad primera. Aprendí el catecismo de memoria y lo
repetía a épocas determinadas, pero sin tener en esto el corazón
parte alguna: era para mi una tarea que tenia que desempeñar y en
esto no veía otra cosa mas. En esta época fui preparado para hacer
mi primera confesión y la comunión que le es consiguiente. Se me
previno que debía revelar al confesor todo lo que yo creyese
pecado. Se me dijo que el confesor me absolvería y se me enseño
que quedaría perdonado, suponiendo que Dios pasaría por el juicio
y confirmaría la sentencia dada por el confesor. En esta edad,
aunque temprano, ejercía ya sobre mi su poderoso influjo la opinión.
Tenia yo muchas dudas sobre esta doctrina y una dificultad
insuperable para cumplir con aquellas condiciones de la confesión,
pero habiendo oído vituperar y tener por malvados a los que se
encontraban en caso semejante, no proferí ninguna y me confesé por
no ser tenido por malvado; sin embargo, no dije al confesor sino
aquello que sin ofender el amor propio hubiera podido decir a
cualquiera otro. Fácil es conocer el resultado religioso que pudo
producir sobre mi este hecho.
En este mismo modo de proceder continué hasta la edad
de quince años. En este tiempo, el 19 de abril de 1806, entre en
una de las ordenes religiosas: en el convento de religiosos
observantes de San Francisco de la villa de Alcázar de San Juan,
del priorato de este nombre, villa en que mis padres se habían
establecido cinco años había. Voy a manifestar a vd lo que me
decidió a abrazar este genero de vida. Era yo tan amante
del estudio que mis maestros nunca tuvieron que reprenderme
en él una falta
voluntaria y aprovechaba, a juicio de ellos, tanto como el que mas
de los otros niños de mi edad. Consideraba yo entonces los cuerpos
religiosos como cuerpos científicos cuyo instituto primordial era
la enseñanza. En efecto, en mi pueblo no había otros maestros que
ellos. Cuando se nombraba un sabio, siempre oía hablar de un Fray
Fulano o de un Fray Zutano: si se trataba
de libros, todos eran obra de un fray Tal o de un fray Cual.
Claro es que para mi edad eran estas razones poderosas; por lo menos
yo estaba íntimamente persuadido que el que fuese amante del
estudio debía hallarse en estos cuerpos como en su elemento. Es
cierto que también se me hicieron ver bajo el punto de vista
religioso: se me enseñaron sus reglas y estatutos, pero yo los
consideré como condiciones de su institución, como reglas con que
debían regirse, y, en consecuencia, me sujete a ellas. El voto de
castidad en mi edad no me ofreció obstáculo, como es fácil
conocer. El voto de pobreza, viendo llenos de riquezas a muchos de
estos cuerpos, no entendía; pero pues que todos le hacían, yo me
persuadí que la cosa debería ser así o que no podría se de otro
modo. El voto de obediencia no le creía trabajoso; suponía que
todo lo que en aquellas corporaciones se mandase seria racional y
justo. Tal fue mi vocación a la vida monástica: una vocación al
estudio. Mi conducta religiosa exterior en ella fue consiguiente a
mi educación honesta en una familia que no había conocido la
indigencia, y entre unos padres cuya regularidad podía servir de
ejemplo de buenos y pacíficos ciudadanos. Mi conducta religiosa
interior continuo siempre conforme a mi primera confesión. Sin
embargo, en el segundo año de mi vida monástica, el 16º de mi
edad, se desenvolvieron en mi muy notablemente las ideas morales. Yo
mismo me avergonzaba a mis ojos y yo ante mi me hallaba en el mismo
embarazo en que hubiera podido
encontrarme en presencia de otro que hubiese conocido mi interior.
Yo bien sé, me decía, que mentir no es bueno: ¿por qué finjo
yo creer lo no creo? ¿por qué digo que confieso, si no
confieso realmente?. Yo soy un hombre vil, yo soy un miserable
embustero: yo no tengo ni honradez, ni probidad ni virtud. Pero ¿cómo
arrostrar la opinión? ¿cómo sufrir el vituperio? ¿cómo ser
tenido por malvado? ¡Oh, mil veces adorable Providencia!. Tu en tus
inescrutables designios señalabas día en que la sangre de
Jesucristo me haría esto fácil. ¡Sea mil veces bendita su
insondable misericordia¡.
Ya estaba yo ligado con los votos, ya estudiaba filosofía
cuando esta lucha principiaba a manifestarse. No era este
precisamente el momento en que principiaba
a ser infeliz; era sí el momento en que principiaba a
conocerlo muy distintamente. No era infeliz porque me pareciesen
pesadas las obligaciones monásticas, pues en efecto no me eran
tales, sino porque no las creía y la fuerza podía obligarme a
cumplirlas y, sobre todo, porque no encontraba modo de conciliar con
la probidad la discordancia entre mi conducta y mi creencia. Fuerza
es salir de un estado violento: la filosofía se encargó de hacer
esta conciliación. Ya principiaba esta en mi modo de pensar a
mentir remedios para los males de nuestro corrompido corazón. Vea
vd mi raciocinio. Yo me debo todo a la sociedad en que vivo:
como todos sus miembros, debo por mi parte concurrir al
bienestar común y reglar todas mis acciones a su utilidad. ¿Para
quién será útil un proceder contrario al que yo tengo?.Si el
pequeño numero de amigos de mi edad en que yo puedo influir se
persuade mis razones, si llegan a hacerse incrédulos , ¿qué otra
cosa tengo yo que ofrecerles en lugar de su buena o mala religión
que los contenga en su deber?. M i manifestación
producirá el desorden. Si mi declaración no influye, ni aun
este corto numero, ¿para que es útil el sacrificio
obligatorio un proceder que solo me prometía un resultado
perjudicial o nulo; y
así fue como creí quedar tranquilo y autorizado para seguir el
mismo genero de vida. ¡ A esto
alcanzaba mi pequeña filosofía¡. ¿Y ha alcanzado nunca a
mas que justificar la mentira por la utilidad de su resultado?.
Algún tiempo continué en un estado menos incomodo
sobre este particular, pero pronto conocí que mi raciocinio no me
satisfacía. Experimentaba cada día una necesidad mayor de hablar,
de declarar mi modo de pensar y llevar acorde mi conducta con mi
creencia. Hablé al fin y me quite un gran peso. Mis compañeros de
estudio supieron los primeros que yo no creía en la confesión y en
casi ninguna de las practicas monásticas, las que yo calificaba de
vanas, supersticiosas, y perjudiciales por la mayor parte. Por mi
declaración supe que todos mis condiscípulos, unos mas, otros
menos confusamente a noticia de mis superiores, ya prelados, ya
maestros, pero de nadie recibí reprension. Alguno me reconvino
amistosamente, pero solo sobre la imprudencia en el hablar. Si algún
otro religioso, de mas edad que yo, me hablo del asunto, se me
explico de modo que sin poder yo asegurar que aprobase mis
opiniones, me daba por lo menos lugar a creer que no improbaba
altamente mi modo de pensar. Dormía ya por aquel tiempo la
Inquisición en España: una posesión de dominación, ni
interrumpida ni disputada por muchos años, le daba el derecho de
despreciar enemigos de corta consecuencia. Los prelados en el
claustro estaban ya acostumbrados a ver incrédulos a casi todos lo
jóvenes que estudiaban filosofía o teología, y la universalidad
del mal le hacia tolerable, por lo menos, hasta que la edad o las
luces de éstos pudiesen tener un influjo pernicioso en el pueblo.
Mas lo que
generalmente sucedía era que la mayor parte de los jóvenes,
convencidos con el tiempo de la fatal necesitada de tener que pasar
la vida de aquel modo, la adoptaban uniformemente en el exterior.
Alguno he conocido también que se ha fugado del claustro, lleno de
horror, pero cargado de oprobio y de la execración de cuantos eran
sabedores de su apostasía, nombre se daba a su fuga.
Volviendo pues a mí digo que, a consecuencia de este
estado de cosas, mi declaración no tuvo ninguna consecuencia mala
para mi; antes bien desahogó un poco la angustia de mi corazón,
pues aunque tenia que continuar en las mismas practicas, que eran
obligatorias para todos, me parecía a mi que ya no engañaba por
haber manifestado lo que pensaba de ellas. Esto lo confirmaba cada día
absteniéndome puntualmente de todas aquellas que no estaban
ordenadas por precepto y a que no podía ser compelido por la
fuerza.
Vea vd ahora mi profesión de fe en este tiempo. Yo creía en
un Dios, principio de todas las cosas, remunerador de los buenos y
castigador de los malos. Suponía yo buenos a los que seguían su
ley santa; malos, a los que no la seguían. Creía a Jesucristo,
Hijo de Dios y Dios él mismo: creía que había venido al mundo a
enseñar y explicar a los hombres aquella ley: creía que se había
formado una sociedad de los que le creyeron y seguían creyéndole:
que se hacia uno miembro de esta sociedad por el bautismo: que los
miembros de esta sociedad eran los llamados cristianos: que el
privilegio que tenían estos sobre los otros hombres consistía en
poseer la verdadera doctrina del culto que era agradable a Dios y,
en su consecuencia, que se hallaban en el verdadero camino para
llegar a Él, si querían arreglar su conducta según aquella ley
suprema. Esta fe, como es claro, ni la había deducido del
Evangelio, pues no sabia yo entonces que hubiese mas Evangelio que
lo se cantaba en la misa, ni la adoptaba precisamente porque me la
hubiesen enseñado, porque ya se me hacia sospechoso todo lo que
enseñaban, sino porque
algunos de estos puntos me parecían muy razonables y porque de
otros juzgaba ser temeridad el negarlos.
Mas tampoco conservé
largo tiempo esta profesión de fe: vea vd la ocasión. Por
este tiempo, el año diez y nueve de mi edad, había acabado ya de
estudiar la filosofía y, sin tener todavía ninguna de las ordenes
eclesiásticas, pude dejar el claustro honorablemente, sin temor del
vituperio. Tenían ya ocupada la España las tropas del Emperador
Napoleón, y fui llamado a las armas en el ejercito español que le
hacia la guerra. Fue este para mi un acontecimiento de feliz agüero.
Me vi libre de unas cadenas que creía injustas y tiránicas y dueño
de mi para seguir una conducta análoga a mi modo de pensar, gran
punto de que hacia yo depender todo mi reposo. Este espíritu de
independencia se había fortificado en mí con el estudio de la
filosofía, y me hizo dejar todavía algunos artículos de mi
creencia. ¿He examinado yo, me decía, cada uno de estos puntos o
son preocupaciones recibidas sin examen? ¿soy yo todavía victima
de error? ¿qué es un Dios hecho hombre? ¿qué es un Dios muerto
en la cruz?. Las obras de algunos filósofos, que leí, resolvieron
para mi estos problemas; ya conoce vd cual pudo ser el resultado. Me
quedé con Dios solo, cara a cara; “Haz esto, y vivirás” me
parecía que le oía decir. Dios, ordenador supremo de todo cuanto
existe, que da su ley a criaturas racionales, que pueden obedecerle
o desóvesele, criaturas racionales felices si le obedecen,
infelices si le desobedecen: ley de este supremo legislador grabada
en el corazón del hombre....a esto solo quedó
reducido mi sistema de religión.
Mi conducta exterior nada varió: siempre fue análoga y
conforma a lo el mundo aprueba o llama bueno.
De este modo iba disminuyendo progresiva y gradualmente
el numero de artículos de mi creencia. Con esta religión tan
sencilla me parecía que podría vivir tranquilo. Juntabase a esto
que la libertad de la vida militar me proporcionaba oportunidad para
vivir sin forzar mi modo de pensar, ventaja que para mi era
inapreciable; mas no por eso era menos cierto que todos los que son
de las obras de la ley estan bajo de maldición. Pesaba sobre mi ésta,
y aunque la vida tumultuosa de las armas me aturdiese bastante para
no ver claramente mi desdicha, no dejaba sin embargo de sentirla
confusamente. Hallaba un vacío en mi corazón, y un no sé que, que
me aquejaba. Un raciocinio sencillo, aunque no pronunciado
expresamente, me hacia sospechar, por decirlo así, mi infelicidad.
Es cierto, me decía, que según mis ideas religiosas no reconozco mas obligación que la que
como tal aprueba mi razón, pero ,¿sigo yo siempre ésta?... De
otro modo: ¿soy yo puntual observador d el os que yo llamo ley
natural?. Yo no podía responderme sinceramente que sí, y la
consecuencia de mi propia condenación según la religión misma
forjada por mi, era tan natural como inmediata. ¡Con cuanta razón
esta dicho que los que sin ley pecaron, sin ley perecerán¡ . En
efecto, había reconocido ya varias veces la inutilidad de mis
propios esfuerzos para hacer ciertas cosas que yo creía
obligatorias, así como para abstenerme de otras que creía malas.
Había experimentado otras muchas la ineficacia de mis propósitos y
la vanidad de mis mejores y mas bien meditadas resoluciones. Había
buscado en mi apoyo todas las razones que ofrece la filosofía para
apartarme del mal y continuar en el propósito firme y eficaz del
bien; pero todo en vano. Hacía
de bueno todo aquello a que mi temperamento me inclinaba o a
que no oponía grande resistencia, y no me apartaba de un mal sino
cuando otra pasión u otro interés mas fuerte me arrastraba en
sentido contrario. Por ultimo, no hallaba mas freno verdadero que el
temor del castigo o del vituperio, que, cuando mas, puede tener
influjo en las acciones exteriores, sin
que por eso deje de continuar el corazón con toda su
corrupción y miseria.
Era
esta situación penosísima para mi: hubiera sido insoportable a nos
ser por la distracción que ofrece el bullicio del mundo, la
indiferencia y yo no se que esperanza vaga, coman a todos los
mundanos, de una enmienda futura, de un mejoramiento ulterior. De
este modo continué hasta el año 24 de mi edad, el 15 del siglo. El
desenlace de los asuntos políticos por estos tiempos había
obligado a las tropas francesas a desocupar la Península. El
gobierno de la nación había variado y el clero había vuelto a
tomar todo su antiguo ascendiente. Los prelados de las ordenes
religiosas reclamaron todos sus individuos y el gobierno se los entrego,
conminando con graves penas a todos los individuos que no se
presentasen en sus monasterios en termino señalado. Se me presento
la idea de expatriarme, antes que volver a un genero de vida que me
era tan repugnante; pero ni supe, ni tuve energía bastante resistir
a las instancias de mi familia, ni para determinarme a un viaje
incierto, sin dirección y sin medios. Restituido al convento, solo
se pensó en hacerme ordenar de sacerdote y estudiar la teología.
Todo se verifico dentro de muy poco tiempo. No considere yo entonces
el cargo de sacerdote si no como
otra profesión cualquiera en que, sirviendo al publico de un cierto
modo, se puede pasar la vida, honorablemente. Lo mismo creí que
pensaban todos los demás, pues los mismos maestros que me aprobaron
y habilitaron para recibir el sacerdocio sabían mi total
incredulidad. ¿Qué podría yo pensar de aquella religión y de
aquel sacerdocio según estos hechos y otros de igual naturaleza
sucedidos con otros compañeros míos?. Quizá parecerá esto extraño
a muchos, pero no le parecerá al que sepa que la mayor parte de las
comunidades religiosas en España halla un interés muy grande en
tener el mayor numero posible de individuos sacerdotes. Las
asistencias y servicios que éstos prestan en nombre de la comunidad
a los pueblos y aldeas del distritos donde esta situada, son otros
tantos canales de prosperidad, por donde viene a la comunidad un
aumento considerable de reputación y de riquezas, siempre
proporcionado al numero de individuos que puede emplear en la
predicación, celebración de la misa, etc, etc. Esto hace que los
prelados no encuentren obstáculo de ninguna clase para presentar a
las ordenes a todos los que pueden ser sacerdotes, para lo cual, por
medio de las dispensas, pasan por alto aun los mismos requisitos que
según la disciplina eclesiástica están ordenados. ¡Que extremada
corrupción¡ Revelaciones de esta clase solo se pueden hacer con
los ojos puestos en Dios. El mundo da generalmente el oprobio al que
las hace. Parece a primera vista menos inverosímil creer impostores
a uno o a dos que hablan, que suponer tal corrupción en una
institución que se ha habituado a respetar.
El mismo exceso del desorden le hace increíble y pone a
cubierto la reputación de estos cuerpos. No digo yo por eso que
Dios no se haya reservado en ellos algunas almas que no hayan
doblado la rodilla ante Belial.
Así
como fui hecho sacerdote, cono la misma facilidad y en muy breve
tiempo fui hecho predicador y confesor y últimamente se me dio una
cátedra de filosofía. Sin embargo, debo confesar que cada vez era
para mi la carga mas pesada y que todos los raciocinios deducidos
del bien parecer, de la obligación de respetar el orden
establecido, no podían calmar mi conducta en oposición con mis
ideas. Casi toda mi vida tuve que sufrir esta lucha y toda la pase
en buscar medios de hacer esta conciliación. En esta época me
sucedía lo mismo, pero no me alucinaba ya ningún raciocinio. Veía
claramente que era inútil todo termino medio y miserable todo
subterfugio, toda reticencia con que se
procura decir y no decir la verdad; que con ésta
no se puede transigir y que no hay mas que optar entre el
envilecimiento de la hipocresía o la manifestación toda entera de
la verdad, si se quiere conservar la probidad. Sentado este
principio, no me quedaba mas camino que romper por todo, dejar
puesto y patria; lo que no hice. En esto reparo yo ahora una
diferencia característica entre la filosofía y el Evangelio:
aquella puede conducir a descubrir el mal, pero no da fuerzas para
apartarse de él; éste da luz y fuerzas. Seguí por consiguiente en
el mismo genero de vida; pero en recompensa pase a rebajar todavía
de la doctrina. Me quedé con Dios solo, principio y vida del
universo, de quien éste es regido, pero por leyes generales, sin
descender, sin mezclarse en los negocios humanos, como demasiado
inferiores: de modo que la dirección y el examen de mi conducta aquí abajo creí
que era tan ajeno del primer Ser, como los procederes de un hormiga
lo son de las atenciones del Gran Señor, según ha dicho algún
filosofo. ¿Cuánto dista de aquí el ateismo?. Creo que nada. Basta
que se le ofrezca a uno la idea de la Sustancia única
de Espinosa, o del Universo-Dios de Dupuis, para ser ateo de
un modo decidido. Con todo esto es indiferente, todo sucede por una
necesidad ciega e inevitable, y el hombre no tiene que dar mas
cuenta de su conducta que la rueda de un molino de los giros que
hace.. ¿Y he adoptado yo estas ideas?. Si, las he adoptado, de lo
cual sumido hasta el polvo pido a Dios perdón de todas las veras de
mi alma. Las he adoptado, mas no como si el raciocinio descansase en
razones que le persuaden, sino como quien encuentra su razón en
suspenso, desesperado de hallar cosa que satisfaga, o como quien da
un paso desesperado para salir de una situación incomoda. Adoptadas
así estas ideas parece que brillo en mi un rayo de consuelo. Nadie
me ve, nadie me observa, nadie me pedirá cuenta; solo
me toca desempeñar mi papel en este mundo de un modo
conforme a interés, si, pero que no este tampoco en oposición con
el de mis semejantes. Con esto seré
un buen ciudadana, y es todo lo que hay que ser.
En
este estado, como digo, dominaba
en mi mucho mas la incertidumbre de la duda que una persuasión tan
absurda. La situación era en el fondo desesperada, pero aun no había
yo parado mi atención en ella. Dios en su misericordia preparaba
un medio para dármela a conocer, para sustraerme a todas las
dudas y para darme la paz que procura la verdad y el goce de una
felicidad presente con la esperanza cierta de
felicidad futura.
Había
yo adoptado con gusto la mutación de gobierno ocurrida en España
el año 1820. Aprobaba en el fondo la Constitución proclamada en
aquella época y creía benéficas las disposiciones emanadas de
aquella ley fundamental. Para hacer mas general el conocimiento de
esa ley`, dispuso el gobierno que en todas la universidades y
colegios se encargase el catedrático de filosofía moral de
explicar la Constitución, es decir, de hacer ver la conveniencia de
sus bases con los principios del derecho natural. Cúpome
este encargo, y le desempeñe con celo. Esto basto para ser
clasificado en el partido que la discordia empezó a llamar
constitucional o liberal. A petición del mismo gobierno concedió
el Papa una bula general para todo religioso que quisiese pudiese
pasar al clero secular, y yo me aproveche de esta disposición. Con
esto se me supuso mucho mas decidido por aquel gobierno, como se
suponía de todos los que se aprovechaban de alguna de sus
disposiciones; los cuales, por este solo hecho, eran considerados
como aprobadores o fautores de las novedades. Hasta
el año 1823 pasé en
el seno de mi familia de presbítero secular, especulativamente con
las ideas de un ateo, o por mejor decir, de un escéptico
en todo el rigor de la palabra. En los primeros meses de
dicho año comenzaron los descontentos a manifestarse con audacia
contra el gobierno establecido. Les daba esta osadía la actitud de
la Francia, que suponían pronta a favorecer sus miras, en
confirmación de lo cual veían ya el ejercito francés pasando la
frontera. Los jefes de la contrarrevolución, ya públicos, ya
ocultos, procuraban y conseguían excitar el furor popular contra
los llamados constitucionales. Yo por mi parte aun cuando el
Gobierno variase no debía tener ninguna responsabilidad legal, por
no haber tenido parte en el trastorno del gobierno anterior, pero
debía con mucha probabilidad temer el furor popular, que se
complace en perseguir ciegamente las victimas que se designan, Para
evitar esto no pensé en expatriarme, pues me bastaba pasar a otra
población, y pase a Madrid. En esta capital estuve diez meses con
toda tranquilidad, mientras que en mi pueblo y otros de las
provincias se pasaban los mayores desordenes, los que sin duda me
hubieran alcanzado sin mi oportuna retirada a la corte. Pasada esta
persecución tumultuosa, por decirlo así, sucedió otra reglada por
nuevo gobierno, de la cual nada tenia yo que temer al parecer, y aun
puedo asegurarlo de un modo absoluto y ve vd, por qué.
En
Madrid recibí aviso confidencial para que me volviese al pueblo. Se
me anunciaba que se me haría causa como a liberal; pero que obtendría
mi justificación con solo exponer en mis declaraciones que los
actos de explicar y predicar la Constitución y otros semejantes que
me habían hecho clasificar entre los constitucionales, habían sido
actos arrancados por la fuerza y
por las amenazas de muerte que me habían hecho los
milicianos nacionales de la Villa. Esto se me significo dándome a
entender que las autoridades pasarían por declaración sin otra
prueba, o que en caso de necesidad habría testigos que lo
declarasen. Yo deseche con horror esta proposición: Dios sin duda
me hizo concebir este horror por la propuesta, pues en los
principios de un ateo no estas el desechar un proceder semejante, y
a poco tiempo pase a Francia. En estos manejos se ha tenido un interés
doble. Lo primero era disculpar el mayor numero posible de eclesiásticos
de la nota de adhesión a la Constitución, y lo segundo hacer
cargar todo lo odioso sobre los milicianos nacionales, a quienes sin
dudad se quería sacrificar. Yo creo que esto descifra un poco el
enigma de no haber sido perseguidos sino algunos eclesiásticos
solamente y no la mayoría. Todos los obispos de España, a excepción
de uno, u otro, mas honrado sin duda, que se fugo en tiempo de las
Cortes, han jurado la Constitución y han llenado la Península de
pastorales, amonestando a los fieles de sus diócesis a someterse al
gobierno constitucional, afectando con hipocresía el leguaje de los
apóstoles y mandando a los párrocos y demás eclesiásticos que
enseñasen al pueblo con su ejemplo a mar las nuevas instituciones y
que le desengañasen de las preocupaciones que contra el nuevo orden
de cosas pudiese tener. Casi todos los curas párrocos ha explicado
la Constitución en sus iglesias con el objeto de hacer ver a los
fieles que no había en ella nada contrario a la religión ni al
Rey. Los prelados generales y particulares de las ordenes religiosas
han dado pastorales a sus súbditos en el mismo sentido. Esto
parecerá contrario a la opinión general de que el influjo del
clero mantiene al pueblo en el odio contra la Constitución; pero es
de saber que la inmensa mayoría de él desaprobaba l mismo que
predicaba e inculcaba al pueblo y que en conversaciones
particulares, en el confesionario o
en otros manejos secretos daba pruebas ciertas de su aversión.
Los curas mismos explicándola y recomendándola en el pulpito
dejaban ver su desaprobación, ya por el modo de hacerlo, ya por el
poco celo o tibieza con que desempeñaban este cargo, ya, en fin, de
otros modos según las ocasiones se presentaban. De aquí es que la
persecución recayó únicamente sobre los que lo habían hecho son
sinceridad, diciendo lo que sentían, a no ser que hayan hecho lo
que a mi se me propuso. Lo que hay que admirar aquí es el pueblo:
este ha oído desde el mismo pulpito amonestar al amor y ala
observancia de la Constitución, y anatematizar después a los que
la amaban.”Yo les daré espíritu de error y les haré creer en la
mentira” ¡Terrible castigo¡.¡La mano misma que ha firmado una
pastoral mandando a los párrocos que explicasen la Constitución e
inculcasen el amor a las nuevas instituciones, ha firmado después
sentencia de persecución contra los que han hecho con celo y
sinceridad y que no han podido o querido probar que mentían al
pueblo cuando la hacían¡.
Asi
pues, mi padre, convencido de que yo no tenia ya nada que temer de
las autoridades, me invito a volver al pueblo y aun yo le di
esperanzas de hacerlo. Dios, sin embargo tenia las cosas dispuestas
de otro modo. En estas circunstancias se me presento sobremanera
horrible el nuevo sistema de hipocresía que me seria forzoso volver
a emprender, incorporándome de nuevo en el clero. No pude vencer
esta repugnancia, y resolví pasar a Francia, sin reconocer por
entonces otra causa de mi decisión que la repugnancia de que acabo
de hablar. Seguí una columna de tropas francesas que partió para
Bayota a fines del año 1823 y , aunque marche sin pasaporte por no
haber podido obtenerle, llegue sin tropiezo hasta Irán en la
frontera. Aquí fui detenido por las autoridades, que
no me permitieron continuar mi viaje sin la autorización
legal de un pasaporte. Ocho días estuve en esta villa, ya en Enero
de 1824, sin determinar nada, porque no sabia que determinar. En
este espacio de tiempo me ocurrió el caso, que en mi modo de
entender permitió Dios, como decisivo para hacerme conocer que sin
El ni hay bien, ni verdad, ni acierto, ni consuelo, ni felicidad. El
día séptimo de mi llegada a villa de Irán me encontré afligidísimo:
todos los consuelos del estoicismo mas extremado habían
desaparecido para mi, como sucede en el día de la prueba con todos
los que da la sabiduría humana. Hallabame en un país extraño, en
donde a nadie conocía, ni de nadie era conocido: me encontraba con
todas las apariencias de un vago, sin dinero, sin apoyo de ninguna
clase, expuesto a la policía, como un malhechor, y acorrer todos
los riesgos del furor popular en el transito. Todo esto podía
temerlo con razón, porque en aquel tiempo mas particularmente que
en cualquiera otro, estaba prevenido con todo rigor, tanto a las
autoridades civiles como militares, que arrestasen y asegurasen a
todas las personas que se encontrasen transitar sin pasaporte. En
esta parte, por entonces, las autoridades eran suspicaces den demasía,
pues aun las personas que tenían pasaporte eran prendidas, si la
mas leve cosa les hacia sospechosas. Sin embargo, contra todo lo que
podía esperarse de este orden de cosas, el comandante militar a
quien fui presentado por los soldados de la guardia de la frontera
que me detuvieron me dio por prisión toda la villa, hasta que diese
parte al jefe militar de la provincia que residía en Vitoria, lo
que fue dejarme en libertad. Hechos de esta naturaleza que nuestra
ceguedad llama casuales no son sino disposiciones que Dios emplea
para la prosecución y cumplimiento de los fines de su misericordia.
Con tan tristes pensamientos, pues, me acosté aquella noche a
oscuridad, me presento esta situación mucho mas espantosa y
terrible con la idea de la miseria y de la ignominia inminentes. Me
vino a la idea el suicidio..¡Perdón, Dios clementísimo¡. ¡Pacientísimo
Jesús, tu misericordia infinita me preparaba en aquel momento mansión
en la casa de tu Padre¡. Aprobé la idea de un suicidio:¿ y puede
ser de otro modo consiguiente un ateo? ¿Para que ser infeliz?. ¿qué
es la vida?. Aquí mismo, en esta misma cama, me dejo morir de
inanición: aquí no hay persona que por mi se interese; pretexto un
mal que me quite la gana de comer, y la falta de alimento hará que
los elementos que ahora componen mi cuerpo, tomando una nueva forma,
vuelvan a entrar en el inmenso circulo de la materia para formar
otros nuevos seres. Debo confesar, sin embargo, que esto no fue en
mi mas que una especie de aprobación en teoría del suicidio. Me
acuerdo muy bien que mi voluntad no consintió en este acto
con resolución de hacer en mi la aplicación de él; de lo
cual es una prueba el que yo mismo me echaba en cara el no mostrame
consiguiente ejecutándole.
En
fin, vea vd aquí el ultimo punto de la depravación del corazón
humano. Véame vd tocando con una mano el precipicio y a Jesús, al
clementísimo Jesús, asiéndome de la otra para retirarme de él Mi
estado hasta las once de la noche fue muy agitado; tenia la cabeza
ardiendo y una inquietud suma. Me dormí al fin y contra toda
apariencia pase una noche placidísima. Por la mañana desperté
alegre con una especie de placer tranquilo que no puedo describir.
Una hora pase en este estado sin conservar la memoria mas remota, ni
de lo que había pasado, ni de lo que yo había pensado la víspera,
ni de lo que probablemente me amenazaba todavía: gozaba solamente y
sentía un consuelo cuya causa
no hubiera podido asignar. Por fin me vinieron ala memoria
los pensamientos de la noche: al principio me parecieron ridículos y me reí; después se me
presentaron horrorosos, me estremecí y llore. Se me presentó
en seguida la idea de Dios tan grande y tan majestuosa
que llenaba todo el universo. Revivía éste para mi a medida
que esta dulce idea se iba apoderando de mi alma: era para mi tan
apacible recorrer en la memoria todo lo que nos le anuncia que no me
ocupaba en otra cosa. A cualquiera parte que vuelva los ojos, me decía,
hallo el convencimiento de la existencia de un Ser, de quien
proceden todos los seres y quien no procede de otro alguno. Hacia
con gusto memoria de todas las pruebas que son capaces de
convencernos de esta verdad, que veía consignadas en todas las
obras de laceración. Me
recogía profundamente en lo mas secreto de mi corazón y me
preguntaba: ¿qué soy yo? ¿por qué soy feliz o infeliz?. Yo sé
que existo, me respondía, pero no hallo en mi la causa de mi
existencia. La misma observación hacia respecto de todo lo que nos
rodea: cada cosas reconoce fuera de si la causa de su existencia.
Todas se hallan encadenadas en una serie de causas procedentes unas
de otras que imaginación puede prolongar cuanto quiera, pero que la
razón rehúsa llevar hasta el infinito; fuerza es llegar a una
causa primera, al primer eslabón de la cadena. En esta causa
primera veía a Dios, la causa de todas las causas; la razón de
todas la existencias. ¡De cuan distinto modo se conoce cuando se
conoce a Jesucristo¡.¿Por qué soy feliz o infeliz?. Yo hallo en
mi un deseo constante de felicidad, que no puedo desconocer. Tras de
esta felicidad marcho, en todos los periodos de mi vida; este deseo
me acompaña en las buenas acciones, este me acompaña en las malas.
Él me sigue cuando busco la comodidad, los placeres, y no se aparta
de mi cuando desesperado me procuro la muerte. Soy feliz o infeliz
porque existe una causa primera con quien tengo relaciones; porque
hay una regla con que debo conformarme, y soy uno u otro según me
conformo o no con esta regla. Esta conformidad puede mantenerse en
el orden constante de la posición que debo ocupar en la escala de
los seres, y la falta de conformidad no puede menos de introducir el
desorden, tenerme, por decirlo así, dislocado, en oposición con la
que debía ser mi situación. Si, hay un Dios infinitamente
perfecto, bueno, justo, misericordiosos, sin limitación en ninguna
de estas perfecciones. “Él es
el que hace cosas grandes e ininvestigables, y maravillosas sin
numero....El que da la lluvia sobre
la faz de la tierra...El que pone en alto a los bajos y a los
tristes levanta con salud.. El desvanece los pensamientos de los
malignos, para que sus manos no puedan cumplir lo que habían
comenzado...El coge a los sabios en su astucia y disipa el designio
de los malvados...El salva al menesteroso de la espada.. El mismo
hace la llaga, y da la medicina; hiere, y sus manos curan...En
Él esta la sabiduría y la fortaleza, El tiene el consejo la
inteligencia. Si destruye, ninguno hay que edifique...si detuviere
las aguas, todo se secara, y las soltare, inundaran la tierra. En El
está la fortaleza y la
sabiduría, El conoce igualmente al que engaña y al que es engañado:
conduce a los consejeros a un éxito necio, y a la estupidez
a los jueces: El multiplica las gentes y las destruye, y
después de trastornadas las vuelve a su primer estado.”
En
estas y otras reflexiones semejantes pasé el día octavo, sin que
tomara yo, sin que nadie tomase sobre mi ninguna disposición. En la
noche de este mismo día se acercó a mi la dueña de la posada en
donde yo estaba, y de su propio movimiento me dijo:”Yo conozco por
mas o menos la situación en que vd se halla: a la hora menos
pensada van a prender a vd y volverle atrás de justicia en
justicia; y aun me admiro mucho de que no lo hayan hecho hasta
ahora: mañana por la mañana a las cuatro haré yo que venga aquí
una mujer a quien conozco y de quien tengo confianza, y conducirá a
vd hasta el territorio francés, por vías desconocidas a los
guardas; esto el lo que ve debe hacer y nada mas: fíe vd en mi; una
vez en Bayota, Dios dirá. El tono de seguridad con que la posadera
me dijo esto me hizo convenir con su dictamen y todo se verifico en
los mismo términos en que me lo había dicho. A otro día al mediodía
me halle en Bayota sin haberme ocurrido contratiempo alguno. Los
primeros días que pase en esta ciudad me fueron trabajosos, tanto
por la escasez de medios como por la incertidumbre de mi estado
presente y de mi destino futuro. En orden a mis ideas religiosas
continuaba en mi la mutación experimentada en Irán. La idea de un
Dios me consolaba y suponiendo que yo padecía injustamente volvía
con gusto a Él los ojos. Mas como Jesucristo solo es el camino, asi
no es extraño que mis oraciones fuesen infructuosas.
Aun
cuando ha habido tiempo en que he creído indiferente todo lo que
pertenece a la religión, no por eso puedo decir con verdad que ella
me haya sido indiferente, pues siempre me he ocupado en esas ideas
y, cuando las he creído indiferentes, parece que me ocupaba su
misma indiferencia. Consiguiente a esto quise examinar el templo la
doctrina religiosa de los israelitas. Pasé una vez a asistir a un
servicio el día de sábado, y no paso adelante mi curiosidad. Puedo
asegurar que no recibí ninguna impresión favorable, ni por el
culto, ni por el modo con que se ejercía. Pasé
al templo de los protestantes con el mismo objeto y recibí
impresiones muy diferentes. Conocía yo ya en general que punto
capital de su separación de la Iglesia romana consistía en que hacían
profesión de no admitir como articulo de fe sino solo aquello que
se encuentra en el Evangelio, pero no sabia que estaban tan bien
fundados para hacelo así. Estaba también en la idea de que
admitiendo realmente el Evangelio, le consideraban únicamente como
el resultado de los dogmas de la religión natural, de modo que yo
tenia a sus ministros como verdaderos theistas, que creían
encontrar en el Evangelio, es decir, en la moral evangélica, el código
de la ley natural y nada mas: que así le explicaban y enseñaban,
desentendiéndose o haciendo poca atención a los dogmas. Creyéndolos
personas ilustradas me parecía imposible que estuviesen
sinceramente persuadidos de todo cuanto se dice en el Evangelio.
Este modo de pensar es común a muchas gentes. Consiguiente a esta
prevención extrañe mucho oír a vd, en los primeros sermones a que
asistí, hablar de un Dios hecho hombre, de su sacrificio
expiatorio, de un perdón por la fe sola, cuando yo solo esperaba oír
preceptos y máximas de los que se llama ley natural, expuestos con
todo el aparato de la mora filosófica, aunque revestidos, por
decirlo así, de una tintura religiosa en analogía con el estilo
del Evangelio. Mi admiración se aumento cuando conocí algunas
otras personas que estaban sinceramente persuadidas de la misma
doctrina que había oído a vd en los sermones. La consideración de
que estaba en un país de tolerancia, en donde las leyes protegen la
libertad de conciencia y en donde, por consiguiente, es posible
encontrar con gentes de quienes se puede creer que tienen en la
sinceridad de su corazón la religión que profesan en el exterior,
me hizo mirar con respeto y con una suerte de veneración la
doctrina de que creía a estas gentes persuadidas, y suscito en mi
el deseo de ver los fundamentos en que apoyaban su creencia.
Seguramente, si hubiera yo estado en un país en donde hubiera
reinado la Inquisición de España, o en donde no hubiera sido libre
la manifestación de los sentimientos religiosos de cada uno, con
dificultad hubiera creído sincera la profesión religiosa de un
numero de individuos cualquiera.
Desde este punto, gracias a la Biblia, Nuevo Testamento, y
otros libros, que mr. Pyt me proporciono, comencé a leer el
Evangelio en el mismo texto del Evangelio, con animo decidido de ver
que doctrina religiosa podía yo deducir de él, prescindiendo de
las explicaciones y comentarios de que de varios pasajes había leído
en las obras de teología o de controversia de los teólogos de
Iglesia romana. Esta medida, aconsejada por la recta razón, me fue
muy fácil, pues ni estaba prevenido por los teólogos romanos, ni
por los teólogos protestantes, antes bien estaba contra los unos y
contra los otros. Este examen, que en todo el rigor de la palabra
puede llamarse imparcial y hecho a sangre fría, si puede
decirse así, produjo en mi la convicción de que la doctrina
de un Dios hecho hombre, de un sacrificio expiatorio, de la corrupción
general del genero humano por el pecado del primer hombre, de la
imposibilidad de merecer ante Dios por nuestras propias obras, de un
perdón totalmente gratuito por la fe en Jesucristo, estaba
evidentemente contenida en el Evangelio, y creí que creer en el
Evangelio y no creer estas doctrinas era contradictorio. No era esto
creer yo en el Evangelio, sino creer que ustedes creían en el Evangelio. Tuve después
con vd algunas conversaciones y aun disputas sobre algunos puntos, y
cada vez me convencía mas de que vd estaba en la posesión de la
verdad del Evangelio y que las otras doctrinas que pudieran llamarse
accesorias y las practicas del cuto estaban legítimamente deducidas
de aquellos puntos capitales. Hasta aquí creía yo en el error a
los de la Iglesia romana y a los protestantes, pero de diverso modo.
Yo creía que los primeros erraban en creer que lo que la Iglesia
romana enseña es la doctrina del Evangelio, y que los protestantes
erraban en creer lo que el Evangelio enseña, siendo para mi ya
indudable que la doctrina que vd enseñaba era el Evangelio mismo.
De
aquí a mi conversión no hay mas que un paso que dar.¿Hay razón o
no para creer en el Evangelio? Véame vd en el caso de hacer el
examen de lo que llaman motivos de credibilidad. ¡Dios será
bendito que me dio el deseo de hacerle y me dispuso para abrazar el
resultado¡ Leí con intención de hacer este examen las obras de
Erskine, de Chalmers, de Haldane, etc, y aunque muchas de las
razones que ellos proponen no eran nuevas para mi, las veía
entonces mas imparcialmente y me parecían mas convincentes que
otras veces las había creído. Con todo eso mi convicción no fue
mas que media; me pareció que había mas razón para creer que para
negar la verdad del Evangelio. Sin embargo, debo confesar que me
pareció irresistible la prueba deducida del testimonio que los Apóstoles
dieron de la verdad del Evangelio con su martirio y no creí posible
hallarle una respuesta satisfactoria; sobre todo, si se tiene
presente que no expusieron sus vidas en confirmación de una opinión
o de una teoría en que el entendimiento puede alucinarse con
raciocinios especiosos, sino en confirmación de hechos sensibles y
palpables de que puede cerciorarse la inteligencia mas limitada.
“Lo que vimos, lo que oímos, lo que palparon nuestras manos, eso
os anunciamos” dicen ellos mismos.
Mas
lo que forzó al fin mi consentimiento sobre todo, fue la
conformidad de la doctrina con la necesidad que experimentaba mi
corazón. Si vd ha reparado en el modo con que progresivamente he
ido cayendo en la incredulidad hasta llegar al ateismo, habrá vd
observado que en cada paso que daba disminuía el numero de los artículos
de mi creencia con el objeto de disminuir el numero de las
transgresiones: lo que prueba que estas atormentaban mi alma y le
quitaban la paz, haciéndome insoportable la falta de conformidad de
mi conducta con la ley; así es que cada vez que en mi creencia
disminuía el numero de los preceptos sentía un alivio momentáneo,
pues de nuevo concebía la posibilidad, y con ella la esperanza, de
arreglar mi acciones (estas, sin embargo, no desdecían de lo que el
mundo aprueba) con los preceptos que me quedaban. Yo reconocía bien
pronto que esta esperanza era también ilusoria, y de aquí provino
el abrazar especulativamente el ateismo y el sistema de la fatalidad
de todo cuando sucede, como un sistema consolador que podía dar la
paz al alma, reduciendo el numero de las transgresiones a cero. Es
inútil repetir que tampoco encontré la felicidad en este sistema
absurdo, antes bien por
él aprobé el suicidio y tuve la triste satisfacción de encontrar
este acto horrible consiguiente a los principios de un ateo, desde
el momento en que éste se halla infeliz y sin esperanza de consuelo
humano.
Es
indudable que este estado era el de un corazón angustiado, sediento
de paz de consuelo interior, desesperado por otra parte con la
convicción de la imposibilidad de hallar cosa con que satisfacer
este deseo en todos los sistemas de la sabiduría humana, que había
recorrido uno a uno, desde las practicas mas absurdas de la
superstición hasta el materialismo mas absoluto. Este estado, sin
embargo, fue para mi la frontera entre el reino de Dios y el reino
de las tinieblas. Estaba en él como en contacto con la región de
la luz y en disposición próxima de recibir las saludables
influencias del aire benéfico que en ella se respira. Dios en su
misericordia me había dejado llegar al extremo, sin duda para
ponerme en contacto con el otro extremo. La experiencia que tenia de
la inutilidad de mis propios esfuerzos para tranquilizar mi
conciencia era una disposición inmediata para recibir la verdad del
Evangelio, cuando nos anuncia que por las obras de la ley no ser
justificada ninguna alma viviente. La experiencia hecha de la
vanidad de los sistemas de la sabiduría humana para procurar la paz
y el consuelo a una alma que se siente angustiada por sus
transgresiones, me llevaba como por la mano a recibir la verdad del
Evangelio cuando nos anuncia que no hay otro nombre debajo del cielo
que el de Jesús, en que podamos ser salvos. Si yo hubiera creído
que para ser salvo por Jesús debía de antemano emplear mi
esfuerzos par ponerme en un estado digno de presentarme a él,
hubiera por este mismo hecho vuelto a entrar en los sistemas
anteriores, en que yo me procuraba mejorar a mi mismo por mis
propias obras; mas para mi era ya conocida y experimentada la
imposibilidad de obtener este mejoramiento, con lo cual sentí
la necesidad de renunciar a una empresa semejante y de
consentir en que otro me salvase, abandonándome enteramente a él.
Esta disposición, como se deja conocer fácilmente, es un
preliminar que ofrece puerta franca a la verdad del Evangelio cuando
nos anuncia que la fe sola nos justifica, que Jesús ha venido a
llamar enfermos y no sanos, pecadores y no justos. De este modo las
doctrinas del Evangelio, que son para tantas gentes una piedra de
escándalo, fueron las mas probables para mi (aun sin entrar en
cuenta que Dios las había
revelado) y las que menos trabajo tuve en admitir.
En
estas circunstancias pasé algún tiempo contemplando estas
doctrinas y hallándolas cada vez mas admirables. Consideraba
felices a los que las creían y suerte de los que las admitían me
pareció envidiable; y como es consiguiente, lo que primero se
pronuncio en mi fue el deseo de recibirlas. Gozaba yo con esto
felicidad y consuelo anticipados. Era feliz con la felicidad que
esperaba y me consolaba en consuelo que preveía Admitía ya como
tesis general aquellas consoladoras verdades, pero no las había
aplicado a mi personalmente. Principiaba siempre mis oraciones
pidiendo la fe, y pidiendo la fe las acababa. ¡Honor, gloria y
bendición por los siglos de los siglos a aquel que prometió que no
echaría de si a todo el que a él viniere¡ Él fue fiel justo para
cumplir lo que había prometido. La aplicación fue hecha y cayo de
mi el peso enorme que había arrastrado toda mi vida. Jesucristo ha
venido al mundo, me dije, para salvar lo que estaba perdido, y a mi
también, pues sin tanta misericordia lo estaba mas que ningún
otro. Jesucristo ha clavado sobre el madero los pecados de todos los
que de corazón le invoca, y los míos también que le recibo como a
mi único salvador. Jesucristo ha pagado el rescate de una multitud
de cautivos, que gemían bajo la esclavitud del pecado, y el mío
también, que he gemido largo tiempo en este triste cautiverio. Ya
no hay condenación, por consiguiente, para los que en el creen, ni
para mi tampoco, que soy de se numero. Ninguno de los que en él
confían ser confundido, ni yo tampoco, que ciertamente no tengo
ninguna otra confianza, pues el mismo ha tomado sobre si el cargo de
hacerme conocer la vanidad de cualquier otro apoyo. Y pues él nos
asegura que venceremos por Aquel
que nos amo, yo estoy cierto que ni muerte, ni vida, ni
principado, ni virtudes, ni otra criatura alguna podrá apartarme
del amor de Dios, que es en Jesucristo, señor nuestro.
Desde
este punto marcho en la confianza de los hijos de Dios, no fiado,
como ellos tampoco fian, en lo que pueda hacer que merezca el nombre
de obras buenas, pues nos está dicho: “aun cuando hiciereis todo
lo que está mandado, decid todavía: siervos inútiles somos”
sino en la misericordia de Aquel que me llamo de las tinieblas a Su
maravillosa luz, y en la fidelidad del que es poderoso para
conservarme este deposito. Inútil es decir a vd que en medio de tan
grande beneficio el hombre viejo se hace sentir muchas veces por mis
infidelidades, por mis transgresiones; vd por la palabra de Dios
conoce el corazón humano; mas Dios, que solo es igual a Si mismo en
misericordia, no me deja olvidar que en Jesucristo tenemos un
abogado para con el Padre, que su sangre clama por nosotros mejor
que la de Abel, ni que es poderoso para cumplir la promesa, llena de
consuelo, de que nadie nos arrebatara de su mano.
La
gracia que mas particularmente emplea para esto es el recuerdo, que
me hace tener siempre presente, del modo con
que venciendo obstáculos, proporcionando ocasiones,
allanando dificultades y llenándome de aflicción en tiempo
oportuno, me ha conducido hasta el pie del pulpito desde donde vd
anunciaba la palabra de Dios en toda su pureza. Yo no podía oír
esta palabra en España, y Su misericordia resolvió hacerme pasar a
Francia. Para este primer paso había que vencer dificultades y El
tomo a su cargo resolverlas, En primer lugar, mi padre me dio su
permiso para dejar la España. Yo no podía probablemente esperar
este permiso, pues, algunos correos antes de pedirle, me había
escrito el mismo que me volviese al pueblo y yo había contestado dándole
palabra de hacerlo dentro de poco tiempo; mas poco después mudando
de dictamen le escribí pidiéndole licencia para pasar a Francia. A
esto me respondió remitiéndome a lo que a mi me pareciese
conveniente, siendo así que nunca había querido que me apartase de
él; y aun por eso había estado yo tanto tiempo en casa, sin
procurar colocarme en una parroquia. La dificultad hubiera sido
invencible sin este permiso, porque yo estoy cierto de mi que sin el
no me hubiera puesto en camino. En segundo lugar, yo encontré
entonces bastante fuerte la causa que otras veces no me lo
había parecido para expatriarme que fue la repugnancia invencible
de volver a entrar en el clero y emprender de nuevo un sistema de
hipocresía que siempre me había hecho infeliz; cosa mas repugnante
todavía en cuanto había pasado ya diez meses en Madrid sin tomar
parte en ningún ejercicio religioso.
Yo
no tenia medios para hacer el viaje, ni había probabilidad de
llegar a Francia sin pasaporte, cosa que por las vías ordinarias
era imposible y que yo no pude conseguir. Para obviar uno y otro
inconveniente Dios me proporciono el conocimiento de una señora que
residía en Madrid y recomendó a unos oficiales franceses que
pasaban a Bayota a conducir un destacamento bastante numerosos de
soldados licenciados. La amistad de estos oficiales me proporciono
medios y seguridad en el camino, y solo a su sombra pude llegar sin
tropiezo hasta Irán en la frontera.
Hasta
aquí todo parecía salir a medida de mi deseo y, si yo hubiera
tenido entonces algo que pedir, esto hubiera sido sin duda el llegar
a Bayota del mismo modo que había llegado hasta IRBM. Mas Dios, que
ve las cosas de otro modo, veía lo que yo necesitaba. Yo necesitaba
la aflicción y la dio, aflicción que yo miro ahora como un
beneficio muy señalado. Con la aflicción me hizo conocer mi pequeñez;
con la aflicción me probo la vanidad de los sistemas de felicidad,
que no son sino obra de los hombres; con la aflicción me hizo
desconfiar de mis opiniones propias sobre este punto; con la aflicción
me hizo sospechar que era posible encontrar otro modo de llegar a la
felicidad, diverso del que yo había seguido hasta entonces, y con
la aflicción hizo que en cierto modo empezase yo a volver ha EL los
ojos. ¿Quién extrañara ahora que el Evangelio diga que estemos en
la aflicción gozosos?. Afligido y sin entrar en Francia, según
parece, yo no hubiera hecho nada; me era necesario ser afligido y
entrar en Francia. Ya ha visto vd como Dios me proporciono lo
segundo por la mujer que me pasó de la frontera, de quien ya he
hablado.
Así
que todo lo sucedido ha sido ordenado por la Providencia para
concurrir al mismo fin, de tal modo que si alguna cosa de las que me
han ocurrido hubiera faltado, a lo que parece, el fin no se hubiera
conseguido. Sin ser en España contado por constitucional, no hubiera tenido que
temer del furor popular ni necesidad de pasar a Madrid. Sin pasar a
Madrid, sin el consentimiento de mi padre, sin el apoyo de los
oficiales franceses, no era probable que yo hubiera emprendido el
viaje y, caso de haberle emprendido, no lo era el que yo hubiese
llegado a Francia. Si hubiese traído pasaporte, no hubiera tenido
en Irán la aflicción que me fue tan necesaria; hubiera podido
pasar a Bayota y al interior sin dificultad; y es probable,
atendida nuestra miseria, viéndome sin auxilio alguno, que no
hubiera tenido firmeza bastante para resistir a la tentación de
presentarme, como otros muchos, a un obispo y volver a entrar en el
clero, aunque eso era precisamente de lo que yo huía; mas la
necesidad, según raciocina la filosofía del mundo, me hubiera
autorizado para buscar que comer de ese modo, y no trabajando, como
he hecho.
A
Dios se la gloria por todo, así como de Él es el poder, la pureza
y la magnificencia en los siglos. // Juan Calderón.
Ahí
tiene vd, señor mi. Lo que hasta el año 1828 me había ocurrido y
que yo deje por escrito a mr. Pyt en la nota que acabo de copiar. Vd
desea saber lo que resta hasta el día de hoy y, aunque no sea muy
interesante, satisfaré brevemente su deseo y principiare
respondiendo a un reparo que quizás habrá ocurrido a usted al leer
en fin de la nota que dejo copiada. Decía en ella mr. Pyt que si yo
hubiera llegado a Bayota con pasaporte, quizá forzado por la
necesidad hubiera pasado a presentarme a algún obispo y vuelto a
entrar el clero, aunque
podrá vd decir que, una vez en Bayota, hubiera podido hacer lo
mismo, esto es, presentarme al obispo de esa ciudad. Mas es
necesario que usted sepa que, por entonces, las autoridades de la
frontera en Francia estaban de acuerdo con las de España respecto
de los emigrados, y que al que encontraban sin pasaporte le volvían
a España entre dos gendarmes, como ya habían hecho con algunos.
Este aviso me dieron algunos españoles que allí había y me
recomendaron que estuviese oculto o no
me manifestase sino con mucha reserva. Esto me quito la gana
o, por mejor decir, hizo que no me viniese al pensamiento ni el
presentarme al obispo, ni el hacer cosa alguna que pudiese ponerme a
la vista en mucho tiempo. A eso me dirá: ¿Y que hizo vd en Bayota
no solo sin medios de subsistencia, sino aun sin libertad para salir
a procurárselos?. En efecto, eso puede embarazar a cualquiera,
menos a Dios, que tiene en su mano todos los medios imaginables y
los que no podemos imaginar. Al segundo día de mi llegada a Bayota,
llegaron a la misma ciudad tres zapateros de Madrid que en calidad
de milicianos nacionales que habían sido venían emigrados, pero
que traían pasaporte. Estos fueron detenidos en Bayota hasta que su
pasaporte fuese y volviese despachado de Paris para pasar al
interior. Se les dijo que tendrían que aguardar diez o doce días
la vuelta del pasaporte y ellos, por ganar algo durante esos
días,
se pusieron a hacer una especie de chinelas para señoras que se
usan en Madrid y que no había en Bayota. Yo no me acuerdo como o
por donde supe yo que estos zapateros habían llegado; pero l cierto
es que yo fui a verlos una noche y los encontré trabajando. Con la
prisa que tenían de concluir en breve los materiales que habían
comprado, me propusieron que les ayudase y me ofrecieron que me enseñarían
a hacer las chinelas, yo me puse inmediatamente a la obra y trabaje
con ellos, mientras allí estuvieron. En los diez días de su
detención hicieron una cierta cantidad de pares que vendieron al
marcharse a un mercader. Éste tuvo tan buena venta que quiso mas y,
no habiendo quedado en Bayota quien las hiciese según aquella moda
sino yo, me compraron mientras en Bayota estuve todas cuantas hice. Así fue como
Dios sabia que yo podría ganar mi subsistencia sin pasaporte, sin
obispo y aun sin salir de casa.
Seis
o siete meses después de esto las autoridades de Bayota eran mucho
menos severas con los emigrados y, al fin, no solo comenzaron a
tolerar los nuevos que iban llegando, sino que a los que ya estaban
allí les dieron su consentimiento expreso para permanecer, tuviesen
o no pasaporte, con tal que tuviesen medios de subsistencia. Yo me
encontré en ese numero a causa de la fabricación de las chinelas y
desde entonces pude con toda libertad dedicarme a la enseñanza de
la lengua española, con que pude subsistir mas cómodamente. No por
eso deje la fabricación de las chinelas, medio que he mirado
siempre con predilección, considerándole, aunque de poco valor en
si mismo, como de un precio incomparable como ofrecido por Dios en
ocasión del mayor apuro y cuando nadie pedirá decirme lo que debía
de hacer para subsistir. Aun necesito hacerlas y las hago cuando me
las encomiendan; y ahora mismo que escribo a vd esto, estoy haciendo
un para que me han encomendado para una señora. En el tiempo que
estuve en Bayota no me ocupé directamente en la obra del Evangelio;
sin embargo, pude distribuir entre los españoles que frecuentemente
van y vienen a aquella ciudad ya Biblias, ya Nuevos Testamentos, ya
trataditos religiosos de los que publica la sociedad que para ello
hay establecida en Londres, asi como, en las ausencias de mr. Pyt,
tener algunas reuniones religiosas en casas particulares a muchos de
los protestantes franceses de la congregación que allí había
reunido.
En
1829 tuve que pasar a Londres a diligencias mías propias y en esta
ciudad encontré un gran numero de emigrados españoles por causa de
la caída del gobierno constitucional en España, a consecuencia de
la invasión francesa de 1823 que había hecho también que yo me
expatriase. Alojeme en
un barrio llamado Somers Town en donde por entonces había de
quinientos a seiscientos de
estos emigrados. Principie a anunciar el Evangelio a algunos de
ellos, y un caballero ingles, llamado el capitán Cotton, de quien
después he sabido que ha muerto, me dijo que me ocupase en eso
exclusivamente, porque la Sociedad Continental, la misma que ocupaba
a Mr. Pyt en Bayota y de que él era miembro, me
sostendría aquí con ese solo objeto. Así lo hice en
efecto, y habiendo pasado algún tiempo visitando a los que podía y
hablándoles del reino de Dios, determiné tener un servicio publico
y explicar el Evangelio en lengua española. Un ministro anabaptista, llamado monsieur
Carpenter, que tenia una capilla en el mismo Somers Twn,
llamada si mal no me acuerdo Bethel Chapel, me la cedió para que
cada domingo, después que él hubiese acabado su servicio en
ingles, pudiese yo tener el mi en español. Anunciose esto entre los
españoles por todos los medios de costumbre y en el primer domingo
que tuve este servicio publico acudió un numero considerable de
ellos. Esta primera e impensada concurrencia vino de que algunos
influyentes entre los emigrados hallaron muy conforme a sus ideas
políticas el que hubiese entre los españoles un culto en el
sentido protestante: pensaban muy conveniente a sus miras de
libertad el que con este culto se les inspirase odio al clero
romano, que ellos suponían autor de los males de la nación en
general, y en particular de la expatriación que ellos mismos sufrían
entonces. Estos excitaban a cuantos podían a asistir
a aquel culto. Mas este calculo humano de los unos fue
inmediatamente contrarrestado por los de otros mucho mas influyentes
que ellos. Empezaron a cundir la voz de que si se asistía a este
culto o se favorecía de cualquier modo, los que en el tomasen parte
se imposibilitaban para
volver a España, en la que serian tenidos por herejes a su vuelta
si osaban volver y convencidos de tales no por meras y vagas
acusaciones como hasta entonces, sino por hechos reales y positivos.
Estas consideraciones, ponderadas y aun exageradas entre ellos,
junto con la natural resistencia del corazón humano a ocuparse
seriamente de la verdad de Dios y de su Evangelio, retrajeron al
mayor numero de asistir a aquel servicio. Agregose a esto que
aquellos mismos que antes habían excitado a los demás para que
asistiesen a la predicación del Evangelio quedaron farisaicamente
escandalizados el primer domingo de oír que en la oración que
terminó el servicio hice yo mención del Rey de España y su
gobierno, pidiendo a Dios se dignase iluminarle y bendecir su
administración, para que se pusiese un termino a tantos males como
aquejaban a la nación y a los mismo que me escuchaban. Esta oración
por Rey la hicieron mirar como un escándalo entre los expatriados,
que por él se suponían injustamente perseguidos. Muchos de ellos
tomaron ocasión de esto para hacerme pasar
entre los emigrados por un espía del Gobierno español para
con ellos. Por absurdo que esto fuese, aun para los mismo que lo
inventaron, junto con
las otras consideraciones, tuvo el efecto en casi la totalidad de
retraerlos del culto; no se retiraron absolutamente todos, pero no
pasaron de doce o catorce los que perseveraron el asistir a él y se
dedicaron ala lectura de las santas Escrituras.
La
revolución francesa del mes de Julio de 1830 puso termino a esta
pequeña congregación. El estado de cosas que se siguió
en Francia abrió una puerta en aquel reino a los emigrados
españoles que estaban en Inglaterra. Pasaron allá con la esperanza
de entrar en España y, aunque todos no lo consiguieron por
entonces, Londres y sobre todo el barrio de Somers Town quedó casi
sin emigrados poco tiempo después. La naciente iglesia quedó por
este mismo hecho disuelta; la Sociedad Continental cesó de darme
asistencia y, yo no pudiendo subsistir aquí, me vi. obligado también
de pasar a Francia. En los años siguiente fue el Gobierno español
dando sucesivamente amnistiás mas o menos amplias a los emigrados
de diferentes clase y condiciones, de modo que al fin todos los que
había en Francia y en Inglaterra pudieron volver a su patria de
cualquier categoría que fuesen. Ya se deja conocer que como la
Iglesia romana no concede ni ha concedido nunca amnistiás y que
como yo en mi emigración había cometido contra sus jefes el pecado
imperdonable de haber predicado públicamente el Evangelio, debí
considerarme siempre excluido de todas las amnistiás, como en
efecto lo estas. Quédeme, pues, en Francia viviendo de mi trabajo;
mas en 1842, en tiempo de la regencia del general Espartero, en que
de hecho al menos había mas libertad que anteriormente, auxiliado
por algunos amigos cristianos pase a Madrid y me ocupe directamente
en anunciar el Evangelio, por decirlo así, de casa en casa, o
privadamente. En el tiempo que allí estuve, tuve oportunidad para
desempeñar este ministerio, como lo hice en gran numero de
ocasiones; y, como generalmente sucede siempre en país que largo
tiempo han estado sometidos a la esclavitud de la conciencia, no
encontré en general mas que casos de incredulidad, mas o menos
decidida, y mas generalmente aun casos de la mas completa
indiferencia por toda materia religiosa que no tuviese alguna conexión
con la política, que es la que absorbía por entonces todos los espíritus.
Dios, sin embargo, tiene dicho que su palabra no volver a Él vacía,
y que prosperará en cuanto Él quiera: en esta ocasión, pues, fue
su voluntad también que alunas personas moderasen en parte su
incredulidad y viniesen a sentimientos mas razonables sobre la
religión, y que algunas también, aunque pocas, aceptasen
cordialmente el testimonio del Evangelio.
Mas,
a pesar de la ayuda de alguno cristianos y de que yo pude ganar algo
en alguna ocupación que me busqué en la composición de algunas
publicaciones literarias, no pude subsistir en Madrid, teniendo que
sostenerme allí y a mi familia en Burdeos de Francia, pues en este
tiempo estaba ya casado y con mi familia
no hubiera podido permanecer en Madrid sino mintiendo cien
veces al día. Tanto por esto cuanto porque mi permanencia en Madrid
podía considerarse como poco fructuosa, y aun también porque el
nuevo orden de cosas que sucedió a la caída del gobierno del
general Espartero podía ponerme en peligro, me volví a Burdeos con
mi familia en 1845. En esta ciudad me fue también imposible el
permanecer, habiendo perdido ya alguna que otra casa de educación
con que ayudaba a mantenerme enseñando la lengua española, y
experimentando, además, si no la oposición de la ley, las sorda
oposición del clero católico, que tenia allí influjo moral
bastante para impedir el que fuese yo llamado para enseñar en
muchas casas de educación y aun para hacerme despedir de algunas en
que ya enseñaba. En estas circunstancias
y en 1846, pase con mi familia a Londres, en donde como país
protestante no creía tener que temer oposición de ninguna especie.
En esta ciudad y en el mismo barrio de Somers Twon hallé también,
aunque pocos, algunos emigrados españoles, por la mayor parte
soldados o guardias nacionales, de los que por un motivo u otro habían
tenido que dejar la España a causa del ultimo cambio de gobierno.
No perdí tampoco esta ocasión, y habiendo hablado a varios y
solicitándoles a que
recibiesen alguna instrucción religiosa, llegaron hasta nueve de
ellos a convenirse en que, no teniendo nada que hacer, les diese yo
en la semana alguna instrucción en la lectura, la aritmética, la
geografía, etc. Y que el domingo tendría la instrucción religiosa
que yo deseaba. Tome sobre mi este encargo y mr. Ferreti,
actualmente editor de un periódico religioso italiano y que por
entonces tenia una casa de asilo para niños pobres italianos, tuvo
la bondad de cederme una de sus salas competentemente
preparada para el efecto. Estos españoles concurrieron los días
de entre semana destinados a la instrucción sobredicha, pero a la
del primer domingo acudieron solo dos: al segundo domingo y
siguientes no acudió ninguno. Viendo yo esta oposición decidida a
la instrucción religiosa, los dejé también y algunos meses después
pudieron volverse a España. Yo continuo aquí, procurándome mi
subsistencia ya dando lecciones de lengua, ya con mi trabajo y el de
mi familia de cualquiera otra clase que podemos hacer. Ahora últimamente
publico el “Catolicismo Neto”, periódico religioso,
cuyo primer numero ha recibido vd ya, el cual, como misionero
de mas fácil circulación, puede con menor dificultad introducirse
en España, América y otras partes en donde hay o adonde acuden
españoles, esperando que Dios se dignará bendecir para algunos su
palabra, que este
mensajero les anuncia sin disfraz y sin tergiversación alguna.
¡Quiera
el Señor hacernos gracia a todos por amor de su divino hijo,
Jesucristo señor nuestro¡
De
vd afectísimo y s.s. en el Señor. JUAN CALDERON.
(Parte IV)
Lo
que antezede le parezio
a B.B.Wiffen, con razón, que no satisfaría lo bastante azerca de
particularidades religiosas de
una importancia general, i las pidió a Calderón, también de parte
de otra persona amiga de ambos.
Contestando
a la petición , en carta fecha el 31 de Agosto de 1848, escribe C.
a W lo siguiente:
“La
especie de biografía que entregue a vd está en efecto diminuta en
lo que vd dice, y para ponerla en estado e impresión seria
necesario recopilarla añadientdo todos esos particulares y continuándola
hasta el día de hoy. En fines de 1829, y hasta mas de la mitad de
1830, predique en efecto en español a los españoles en una capilla
que hay de anabaptistas en Somerstown, en una calle que se llama
Chapel Street. Las explicaciones
que en el pulpito dí eran familiares y sobre la Biblia misma, y no
escribí ningún sermón que poder conservar, porque no solía
escribir sino algunas notas
ligeras, etc.
Esta
es la adición sustanzial a su biografía que el señor Calderón
haze en la carta escrita mr. Wiffen. I este amigo, en carta suya, me comunicó su primer visita i habla con Calderón, en los
siguiente termino, que traduzco literalmente:
“Estando
en Londres en el quinto mes del año 1848, visite i conocí por
primer vez a Juan Calderón. Residía entonzes en Chelsea, Londres.
Justamente la víspera había yo rezibido el primer ejemplar de la
reimpresión de la “Epístola Consolatoria”. Encuadernado para
mi. Este ejemplar se le
presenté i regalé , considerando que el distino mas propio que podía
caber a la reaparecida obra era
el ser puesta en manos de uno que se me presentaba un vivo
ejemplar de aquella corta i rara porzion de hombres a la que tan señaladamente
pertenezio el antiguo autor. I recordando la dificultad con que había
encontrado las pocas dispersas notizias de la vida i obras de mi
autor, pedí a J. Calderón escribiese los sucesos de su vida. Se
retiró él entonzes a otra pieza, i volviendo a poco, me presentó
el pequeño ms de su “Autobiografía”, escribiendo al frente de
él mismo, a mi vista, el siguiente recuerdo o notizia:
“Señor
Wiffen:
En
1828 el señor Pyt, ministros del Santo Evangelio en Bayota, me pidió
la hiziese una nota de los sucesos de mi vida relativos a mi
conversión: exactamente lo mismo
que vd me he pedido. El señor Pyt ha muerto, i algún tiempo
antes me había remitido la presente escrita de mi propio puño i
que yo hize para satisfacer sus deseos. Con la misma intención la
pongo en manos de vd para que la conserve o haga de ella el uso que
mas le parezca conveniente, si en ello cree que puede hallarse
interesada la gloria del Señor i del santo Evangelio. De vd,
efectismo i S.S. JUAN CALDERON. Londres 4 de Mayo de 1848”.
Ahora
bien, posteriormente, el mismo Benjamín B. Wiffen, en una carta
suya, fecha el 6 segundo mes 1854, me escribió lo siguiente:
“Sintiendo
vivo interés tengo ahora que notificarle la muerte de J. Calderón,
o, mas bien, su caer dormido, cual mi madre en la noche del sábado
o séptimo día de la semana del 28, primer mes, (Enero de 1854)
para despertar, creámoslo, en la mañana de un eterno sábado. Él
era un hombre
al cual yo sinceramente apreciaba por su integridad de mente
y proceder y porque era modesto, prudente y confidentisismo: hombre
que amaba la verdad y trataba de vivir conforme a ella. Me he
confirmado en esta opinión que formé de él desde que le conocí,
por su “Autobiografía” y por el tenor de su vida hasta que murió, etc.”
He
querido poner aquí postrero este juicio sobre don Juan Calderón
para contraponerle al que su condiscípulo
consignó en “La Esperanza” i va textualmente reproducido
al prinzipio de este cuaderno. Considere el lector las
condiziones i zircunstazias de ambos opinadotes, para lo que solo
indicaré que el amigo ingles que tal opinio formo de Juan Calderón
no pudo ser movido a favorecerle ni aun por el cariño hazia un
compañero de secta. Virtualmente Calderon pudo respetar los
prinzipio de Fox, a los Wiffen perteneze, mas no lo seguía
formalmente, ya que el 8 de Octubre de año 1830 fue admitido por el
obispo de Londres por ministro de la Iglesia Anglicana, dándole las
lizencias para ejercer en su diócesis. El ministerio a una
congregación de españoles en Somerstown. También diré
que mi opinión respecto a C. coincide en todo con la de W i
no creo ser el único español de parecer semejante. I es cosa
ciertamente impropia de nuestros dias el asombro i escándalo que
muestran tener los que siguen en religión el sistema romano o
papal, a la vista de la aparente diversidad i cantidad de sectas
protestantes. Porque, si con atención se mira, Presbiterianos,
Independientes, Baptista i otras sectas menos numerosas se
diferencian mas bien por formalidades i ceremonia en sus cultos, que
no por disentir en los artículos eseziales de la fe: i esas
diferenzias que exteriormente dividen a las comuniones protestantes,
son incomparablemente menores que las conformidades que secretamente
las unes, sin ellas perzibirlo Un intimo escrutinio mostrará que
materias solo de poca importancia las separa, i que tal separación,
aunque considerable, no afecta como se suponia a vital unidad de la
Iglesia universal o Católica de Cristo. Todo al contrario, esa
diferenzia ha producido
una emulazion noble en las sectas i contribuido a la mas estensa
difusión del Evangelio. Ya observó el jenio de Milton que, “al
edificar el Templo de
Señor, unos cortando, otros puliendo los mármoles, otros labrando
los zedreos, hubieron de hazer precisamente varios zismas o
divisiones i disecziones, en canteras i maderamen, antes de poder
construirse la Casa de Dios; i, cuando ya cada piedra se habia
colocado, se la puso junto a la otra, sin por eso hazerlas un sola
ni cada pieza del edificio tener una identica forma; porque la
perfección consistia, mas bien, en esas varias pero hermanables
desemejanzas, necesarias a
las proporziones i simetría del gran edificio.
I
es cosas que no les está bien a los romanistas el asombrarse tales
diferenzias; porque innumerables on las ue se notan en sus
observancias religiosas i diversisimos cultos, Mas quedese esto aquí.
I,
al concluir estas notizias biograficas de don Juan Caldero, es del caso apuntar siquiera los nombres de las obras que de
él conozco, ya publicadas, i son: 1.- “Revista Gramatical”.
2.-“Analisis lógica i gramatical de la lengua española”.3.-
“Cervantes Vindicado”. 4.-“Respuesta de un españo emigrado a
la Carta del Padre Areso”. 5.- “Tratado
de Lecciones faciles sobre la Evidenzia del Cristianismo (es
traducción). 6.-“El Catolicismo Neto”.7.-“El examen
libre”,- I esta “AUTOBIOGRAFÍA”.
Baste,
por ahora, el simple nombre de sus escritos, de los cuales habrá de
tratarse en coyuntura mas adecuada, cuando su autor aparezca como
uno de los que en nuestro tiempo continúan, en misteriosa i no
interrumpida predicación, dando a España testimonio de la falta
que haze en ella la libertad religiosa. Un país que repele de sí,
en estos tiempos a personas como J. Calderón, i que en los tiempos
antiguos repelida Pérez, a Montes, Reina, Enzinas, Díaz, Valera i
otros, i que los repele solo porque no se prestan a la hipocresía o
ala superstición, ese país tiene que ser, si no vuelve sobre si,
presa desgarrada a la vez del indiferentisimo i fanatismo mas
repugnantes i nocivos. Piénsenlo bien los amigos de España,
aquellos, digo, que desean verla prospera i verdaderamente
religiosa.
....................................................................................
(Recopilado del
libro de Don Angel Romera
Valero: “Juan Calderon. Autobiografía. Edicion Critica. 1997”).
Don Angel Romera (Ubeda, 1962) es profesor de literatura española.
Escritor, poeta, conferenciante.- {Domingo Camuñas}. © Angel
Romera Valero. 1997.
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